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Cuando era casi
de día, llegó ella y abrió la puerta. Al preguntar yo por
qué las puertas daban golpes de noche, se puso a decir que
el candil del crío se había apagado, luego que lo encendió
del de los vecinos. Yo callaba y pensaba que así era. Pero
me pareció, señores, que se maquillaba la cara, pese a no
hacer todavía treinta días de la muerte de su hermano. Sin
embargo, ni así dije nada del asunto y salí y me fui fuera
en silencio. |